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         DAMES : UN ACERCAMIENTO A LA PINTURA DE PAZ BARREIRO

Aquella niña larguirucha nació en un Madrid lejano, una ciudad inmensa y gris, a mitad de los años sesenta del siglo pasado. A pesar de vivir todavía en la maldita dictadura, decidieron bautizarla con el bello nombre de Paz. Un par de veces por semana, al salir de clase, la niña con su uniforme de colegiala recorría las calles del centro que la llevarían a los aledaños de la Puerta del Sol, concretamente a la calle Carretas, donde se encontraba el taller de moda y costura de su abuela, Encarnación López Turégano, conocida modista y diseñadora. Paz, como el personaje de un cuento popular, deambulaba por la Gran Vía como por un terreno boscoso, pero sin miedo a los lobos, observando encantada los escaparates de las tiendas más bonitas, fascinada sobre todo, con aquellos enormes carteles de las fachadas de los cines, verdaderas obras de arte, auténtico arte urbano. Por un lado, la viñeta gigantesca en blanco y negro, en la que aparecía Marlon Brando en El Padrino. Por el otro, Anónimo veneciano, con las imágenes de Florinda Bolkan y Tony Musante mirándose sensuales, tanto que esta película fue considerada por la censura franquista como “altamente peligrosa” por un cierto destape epidérmico, que no ideológico. En el Palacio de la Música una reposición espectacular, Escuela de sirenas, dirigida por George Sidney en 1944, con un cartel grandioso y una luminosa Esther Williams, siempre sonriendo en traje de baño de oro y lentejuelas, rodeada de bailarinas acuáticas. Ahí en esas calles madrileñas comienza la memoria visual y el acervo cultural de nuestra artista, zambulléndose en una realidad glamurosa, fuera de lo cotidiano, eliminando lo gris, lo neutro, como una Alicia en el país de las maravillas viviendo su fantasía más allá del espejo. Así llegará a la adolescencia soñando con flappers, pin-ups, figuras del Ziegfeld Folies, estrellas del tecnicolor como María Montez, Ivonne de Carlo o Carmen Miranda, grandes damas de la danza como Cyd Charisse,  Ginger Rogers o Rita Hayworth, semidiosas legendarias encarnadas en Dolores del Río, Ruby Keeler, Judy Garland, Marilyn Moroe o las penúltimas estrellas de los musicales, Barbra Streisand o Liza Minelli. Paz vibraba con las coreografías y las películas de Busby Berkeley, Stanley Donnen, Gene Kelly, Fred Astaire, Vicente Minelli o Bob Fosse, cantando o evitando la lluvia con los paraguas de Cherburgo, pasando las vacaciones en Roma o desayunando en Tifanys, con Audrey.
Un día, en su primera juventud, descubrió las galerías de arte, Theo, Biosca o Vijande, que eran reductos casi subterráneos de la modernidad que ella vivía porque estaba en aquel “Madrid de la Movida”, divirtiéndose en El Sol, El Rockola, El Stella, pero estudiando, soñando con pintar, siempre pintar. En ese momento era feliz dibujando, pintando, creando sus recortables, componiendo collages con las telas que su abuela utilizaba para hacer alta costura, sedas, brocados, lamés. Visitar la tienda de tejidos de Ribes y Casals era un placer muy grande, allí estudiaba los estampados que iban entrando en su cabeza, desde los más simples a los más atrevidos. Así gracias a su imaginación, podía viajar a los lugares más exóticos y refinados del planeta, Japón, China o los mares del Sur. Muchos artistas plásticos del siglo XX ya habían colaborado con modistas o habían creado vestuarios pinatdos a mano para ballet o teatro. Recordemos los trabajos de Sonia Delauny, de Picasso o Cocteau con Chanel, Dalí con Elsa Schiaparelli, Saint Laurent homenajeando a Mondrian, Chagall o Magritte.
El mundo que le interesaba a la incipiente artista Paz Barreiro era el del color, la pureza de las formas, la búsqueda sorpresiva en los libros de arte, en los museos, lo novedoso en los catálogos y también en lo exquisito en las sofisticadas revistas de moda. Ella que estaba a punto de entrar en la Facultad de Bellas Artes, soñaba cada noche que Jim Morrison  le cantaba al oído Luna de Alabama, deseaba parecerse a esas chicas de pelo lacio, labios carnosos y miradas inquietantes, las cantantes Nico, de la Velvet Underground y musa de la Factory de Warhol o Françoise Hardy, hermosa y lánguida, musa a su vez de Paco Rabanne. Con los años descubrió la cultura japonesa, Miyake, Kabakubo, Junko Koshino, Yayoi Kusama, los papeles pintados de sugi o cryptomerias japónicas. También se dejó cautivar por la pintura de los nabis, el expresionismo abstracto, el pop más rabioso, Nueva York, Basquiat, Haring, Clemente, la sutileza de Sybilla, la maestría de Josep Font o los diseños de Ana Juan. Su equipaje se va completando de magníficas referencias, pero ella es libre, en su destreza dibujando, y arriesgada en la utilización del color.
Sigue creando lo que le viene en gana, pero toda su obra está marcada por una estética contemporánea, minuciosa, sutil, compleja, aportando modernidad artística, producto de las fuentes de las que ha bebido, con una técnica depurada que la convierten en una artista singular, con un largo camino, arriesgado en la expresión, con una visión personal de la estética que nos facilita la clave para la comprensión y el disfrute de su obra.
Paz Barreiro ofrece contemplar su trabajo y, además, plantea su interpretación emocional y lúdica, ya que en cada obra revela una historia íntima que crece y se siente la belleza fuera de lo puramente comercial y como indica el crítico y cineasta canadiense Martel en su libro Vindicación del arte en la era del artificio, “el arte es el espejo a través del cual los dioses nos hablan, por lo que hay que trazar una frontera clara entre el arte y la mera estética que imponen las leyes del mercado.”                                                                   El arte debe abrir y fortalecer el espíritu a nuevas posibilidades vivenciales, no solo para el creador, sino también para el espectador, mejorar poéticamente la sensibilidad y la inteligencia, dotarnos de una capacidad analítica y crítica por medio del conocimiento. Dames es un trabajo sutil, elegante y divertido que encierra mucho más de lo que aparenta.

Alfonso Delgado
Santa Cruz de Tenerife (El Perseguidorr-Diario de Avisos. 16 de abril del 2017)

 

FELICIDAD ENVASADA.  PAZ BARREIRO

En sus acrílicos Paz Barreiro evoca labores tradicionalmente femeninas, como el bordado y el patronaje, al tiempo que se apropia de soluciones reivindicadas por movimientos feministas que en los años setenta introdujeron el elemento decorativo y sensual en el arte como revulsivo frente al frío minimalismo imperante. Así, Pattern and decoration, las revistas de moda de los años cincuenta, el kirigami, los recortables infantiles, la década dorada de los musicales de Hollywood… son algunos de los referentes que este artista agita en un cóctel de sabor agridulce.

Agridulce porque sus musas languidecen por exceso de embeleso inmersas como están en mares tapizados de flores, recostadas con sus quitasoles bajo cielos saturados de estrellas, en playas de arena multicolor, tomando el te entre risas huecas o merendando en prados demasiado floridos.

El despliegue de paraísos artificiales hechos de patrones que remiten al decorativismo de las miniaturas persas y del art nouveau a partes iguales, nos llevan a reflexionar sobre los efectos opiáceos que tanto la moda como los cuentos tradicionales tienen en las conciencias adolescentes al endulzar sus sueños con romanticismo trasnochado. Al recurrir a una estética retro Paz subraya la permanencia de esos moldes sensibleros que configuran los deseos.

Las composiciones de Barreiro, a pesar de su apariencia naïff, destilan una belleza melancólica que subvierte la estética fantasiosa encargada de fabricar un imaginario extemporáneo de felicidad envasada.

Anna Adell

 

 

Un primer encuentro con la obra de Paz Barreiro nos traslada sin quererlo al universo hedonista y fantástico del japonismo nabi. En sus papeles de motivos vegetales como antiguas estampas de moda, en sus delicadas figuras femeninas recortadas sobre lo que pudieran ser interiores domésticos profusamente decorados, hallamos inevitablemente la estética decadente que en su día inspiraría algunas deleitosas tardes pintadas por Bonnard y Vuillard. Paz Barreiro recrea la realidad idílica de un mundo protagonizado por cierta imagen fetiche de la mujer, a la vez íntimo y familiar, en el que sólo se ha querido retratar cierta idea de belleza, despreocupada y sutil, haciendo de cuando en cuando guiños al pop de los años 60.

Como si de un modernismo redivivo se tratara, los acrílicos de esta artista madrileña afincada en Tenerife, muestran el esplendor nostálgico de otro tiempo que parece resistirse a desaparecer del todo. Las formas de líneas sencillas, las tintas planas, la esquemática dicción de un naturalismo cuyas iconografías mucho deben al arte popular de los mass media y en general a la producción gráfica vintage, sitúan la obra de Barreiro en la frontera entre lo extinto y lo novedoso, rescatando elementos de la viñeta clásica e introduciendo otros de cosecha propia, siempre adaptados a los intereses particulares de esta gran artista y diseñadora.

Amalia García Rubí

 

 

Tal y como  el artesano da a ver en su obra la huella de sus manos, lo mismo que el tejedor exhibe poniendo a la vista de todos la trama delicada y laboriosa de sus hilos o el vidriero ostenta en sus esmaltes su tekné, así en sus pinturas Barreiro afirma la importancia de la percepción sensorial en la obra arte, del disfrute estético de su materialidad y carácter objetual.

Sin albergar temores ni  establecer disimulos cada obra de Barreiro nos dice –más exactamente, nos hace sentir-  que estamos  justo  ante la materialidad de un lienzo y que cualquier discurso  crítico que se establezca sobre toda creación plástica es siempre dependiente del hacer plástico, del color y las texturas, del modo en que se disponen las áreas y líneas en la composición: según se ha dicho, de la materia y aquí y ahora de su decoratividad.  De la utilidad de la belleza.

Conviene aquí  destacar lo que Barreiro, a mi entender, subraya con cada pincelada suya, en cada una de sus composiciones: la condición esencialmente táctil de todas las artes plásticas (y no únicamente, por ejemplo, de la escultura).  Que se puede olfatear el color, saborear las diversas texturas, escuchar en medio del silencio.

Anuladas las distancias y escenificadas las zonas del cuadro por la plenitud unificadora del color y el preciosista trabajo de las texturas, más que pintura,  los lienzos de Paz Barreiro se me antojan mosaicos donde cada tesela juega su papel que es el de estar yuxtapuestas, muy próximas las unas a las otras, en convivencia incluso con el espectador.

Vistas sus realizaciones de conjunto, es también de esta manera – en mosaico-,  el modo en el que la artista hace converger  en su poética temas  del   imaginario. En palabras de Gilbert Durand,  ‘de ese conjunto de imágenes mentales y visuales organizadas entre ellas por la narración mítica por la cual un individuo, de hecho la sociedad entera organiza y expresa simbólicamente sus valores existenciales’.

Temas tan literarios como procedentes de la propia historia del arte, se dan cita en sus cuadros al tiempo que son reconocibles ciertas asociaciones, coincidencias poéticas con el decorativismo de las formas expresado en  el  arte modernista o en el interés por los motivos textiles de variadísima procedencia.

Por último, creo imprescindible integrar en esta relación a la lámina, es decir, a la atracción laminista que sobre Paz ejercen las reproducciones impresas contenidas en libros y revistas -y no solo de arte-, a una relación de la  experiencia estética que en su obra resulta más de una vez condicionada por el soporte gráfico y en la que  han de inscribirse, necesariamente, las muy difundidas ideas de André Malraux en El museo imaginario, a la fecundación de la vida y el arte por una cultura gráfica.

Elena Soto

 

 

La mujer protagoniza la obra de la pintora Paz Barreiro. Ella afirma que lo han determinado los temas que siempre le han interesado, porque es mujer y porque tiene dos hijas que le ofrecen información actualizada y de primera mano de lo que les pasa e interesa a las jóvenes.

Madrileña de nacimiento y tinerfeña de adopción, Paz Barreiro estudió Arte Publicitario en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad natal al tiempo que  recibía clases de dibujo y pintura en la Academia Peña. Se licenció en Bellas Artes -en la especialidad de pintura- en la Universidad Complutense en el año 1991 y, al instalarse en Tenerife, cursó un año de doctorado en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna.

Actualmente forma parte del colectivo ETC+Visual_Projects, en el que, junto a otros artistas plásticos y el grupo musical de improvisación libre ElectroCausticTrío, desarrolla un trabajo en el que se fusiona la improvisación musical con la pintura. Este colectivo también gestiona CEPA, un proyecto con el que quieren promover la colaboración entre artistas de diferentes disciplinas, realizando obras que se exponen una vez al mes en el Auditorio de El Sauzal.

Es miembro de la Asociación Española de Pintores y Escultores y ha participado en varios certámenes nacionales de pintura, además de ganar el tercer premio en el Certamen Tenerife-Arte Siglo XXI (2010). En los últimos años ha expuesto sus obras en Galería El Escondite de la Librería de Mujeres de Canarias (Santa Cruz de Tenerife), Galería Arte Neis (La Orotava), Magma, Centro de Arte y Congresos (Adeje), Galería Francisco Duayer (Madrid) y Arte Galería (Santa Cruz de Tenerife).

La técnica que utiliza es el acrílico, con recortables de sus propios dibujos realizados a tinta sobre la cartulina encolada a madera. En su pintura hay influencias del Modernismo, Gustave Klimt, Matisse, el japonismo, el movimiento Pattern and Decoration, los cuentos, la mitología, las reproducciones impresas de libros, revistas de cualquier tipo (no solo de arte), el cine (tiene una obra dedicada a Los paraguas de Cherburgo y otra a Esther Williams), los motivos textiles, el arte pop e, incluso, las antiguas revistas y cómics “femeninos”.

“En mi trabajo quiero engendrar emociones, evocaciones en un paisaje onírico donde quedan reflejados lo ilusorio de la existencia, la soledad y el aislamiento que rodean a mujeres halladas, en origen, en las revistas de moda. Este tipo de publicaciones me han cautivado desde mi infancia. En mi casa siempre había alguna por motivos de trabajo. Mi abuela era modista y tenía un taller de costura y de ahí sacaba los modelos y patrones para confeccionar los trajes y vestidos de moda”.

Paz Barreiro se apodera de estas imágenes en las que se asigna un rol tradicional a la mujer para reinventarlas en un acto totémico dentro de su quehacer artístico.

“Las revistas de moda, los cómics, las películas de los años cincuenta y los recortables que inspiran los temas que trabajo se utilizaban para enseñar a las niñas su papel en la sociedad. Yo los utilizo para mostrar irónicamente la realidad actual, que vive un retroceso para las mujeres al potenciar valores que se creían ya caducos. Ahora se manifiestan, por poner un ejemplo, en la moda vintage de los años cincuenta. Las niñas solo quieren ser famosas, estar delgadas… Hay una revalorización de un tipo belleza y, en cierta manera, se vive un nuevo determinismo en este sentido”.

Estos días puede verse la obra de Paz Barreiro en el paraninfo universitario y dentro de la exposición colectiva de las obras premiadas y seleccionadas en el XVII Premio Nacional de Pintura Enrique Lite de la Universidad de la Laguna. También tiene una exposición individual en la Galería Francisco Duayer de Madrid y seis de sus miniaturas se exponen en una colectiva en la sala Arte Galería de Santa Cruz de Tenerife.

Juan Rebenaque para Canarias Gráfica del Diario de Avisos

 

 

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